(La oportunidad segura el camino de Cristo)
ESTE EL UNICO LIBRO DEL
NUEVO TESTAMENTO CALIFICADO COMO PROFETICO Y DE REVELACIONES, FILADELFIA ERA UNA IGLESIA, QUE GUARDO A
PESAR DE LA CIRCUNTANCIAS, LA PALABRA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO Y JAMAS NEGO
AL SEÑOR, LOS CREYENTES SOPORTARON ESTOICAMENTE LA OPOSICION DEL MUNDO.
¡Qué triste sería llegar al final de nuestra vida
para darnos cuenta de que hemos despreciado la mayor oportunidad! Cristo nos
ofrece a todos la oportunidad de entrar en su reino. En una carta escrita a una
iglesia débil y cansada, Jesús nos muestra el camino de la oportunidad segura. Lectura: Apocalipsis 3:7-13 Jesús
aquí se identifica como el que tiene la llave de David. Al parecer, esta
expresión proviene de la práctica antigua de cerrar las puertas de la ciudad en
la noche o en tiempos de peligro. El rey era quien tenía la llave, aunque
muchas veces encomendaba la responsabilidad a alguna persona de confianza.
Jesús es el que tiene la llave al reino de Dios, la
llave al reino mesiánico que se establece mediante el linaje de David, del cual
él es el cumplimiento. Este Jesús, el único que tiene la llave para abrir
entrada al reino de Dios, te hace
I. Una invitación irresistible: Cristo escribe a una iglesia que es débil, pero que se ha mantenido fiel
a él a pesar de todo. Esta iglesia sufría la persecución de quienes creían
defender la verdadera fe bíblica, una sinagoga de judíos que rechazaban la
autoridad mesiánica de Jesucristo y pensaban así defender la pureza de la fe
bíblica.
A pesar de esta persecución, la iglesia se mantenía
fiel. Jesucristo, entonces, les dice que les ha abierto una puerta que nadie
podrá cerrar. Es una puerta de oportunidad y de promesa que nadie será capaz de
cerrar.
Cristo abre la puerta a los que se mantienen fieles
a él. No importa cuáles sean las cosas que suceden en este mundo, no importa
cuán abrumadoras sean las circunstancias o qué tan encerrado te sientas, Cristo
te abre una puerta que nadie podrá cerrar. Y la única condición es que confíes
en él y le seas fiel.
En algunos programas antiguos de concurso, los
concursantes tenían que escoger entre la puerta uno, la dos o la tres para ver
qué premio podrían recibir. Cristo no te deja en dudas acerca de lo que está
detrás de esta puerta abierta. Es, sencillamente, la puerta a su reino.
Pero, ¿qué es el reino de Dios? Para tener una
idea, pasemos a Apocalipsis 11:15 ("El séptimo ángel tocó la trompeta,
y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a
ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los
siglos"). Aquí vemos que es un reino eterno que toma el lugar del
reino del mundo. En el mundo reina Satanás mediante el pecado y la muerte, pero
Cristo tomará el reino que le pertenece y reinará por siempre.
Podemos, entonces, elegir nuestra ciudadanía.
Podemos pertenecer a este mundo, que se está terminando; o podemos pertenecer
al reino de Dios, que se extenderá a todo el mundo cuando Jesucristo regrese.
Cristo nos abre esa puerta. Es el único capaz de
hacerlo. Y lo que nos promete es algo realmente espectacular. Es
II. Una posición imperdible: Volviendo a nuestro pasaje, notemos lo que promete al que salga
vencedor. La persona que salga vencedor es la que tiene victoria sobre el mundo
y sus tentaciones. ¿Cuál es la victoria que vence al mundo? Juan lo dice en su
primera carta, capítulo cinco, verso cuatro: Ésta es la victoria que vence
al mundo: nuestra fe.
El que sale vencedor, entonces, es simplemente la
persona que tiene fe verdadera en Cristo y no la abandona. A esta persona,
Cristo promete que la hará columna en el templo de su Dios, y que ya no saldrá
jamás de allí.
El templo que Dios desea no es un edificio
esplendoroso; es un pueblo que lo adore. Cuando nos reunimos para adorar y sentimos
la presencia del Espíritu entre nosotros, estamos saboreando lo que será
nuestra experiencia celestial de conocer plenamente la presencia de Dios entre
nosotros.
Cada uno de nosotros llega a formar parte de ese
edificio. Como dice Pedro, Al acercarse a él, también ustedes son como
piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. (1
Pedro 2:4-5) Esa casa espiritual es la morada de Dios, que tendrá su total
expresión cuando lleguemos al cielo.
Lo que Cristo nos está prometiendo, entonces, bajo
el símbolo de ser columnas en su templo, es que tendremos una posición que es
indestructible e imperdible, una posición eterna de honor y de utilidad a Dios.
En los templos antiguos, las columnas de los
templos eran la parte más indestructible. Aunque las paredes, el techo y las
demás partes se podían caer, las columnas muchas veces quedaban en pie.
El área de Filadelfia era propensa a los
terremotos. Muy posiblemente, los miembros de esta iglesia habían sido testigos
de un terremoto que dejó sólo las columnas de algún templo pagano en pie.
De todos modos, Jesús promete a cada uno de sus
seguidores un lugar que no se podrá perder, una posición dentro de su templo
del cual no podrán ser quitados. Es una posición imperdible.
Pero, ¿qué caso tener una posición grandiosa en una
casa insignificante? En otras palabras, ¿qué tan bueno es este reino al cual
Jesús nos ofrece entrada? La respuesta es que es
III. Un reino indestructible: Jesús dice: Sobre él grabaré el nombre de mi Dios y el nombre de la
nueva Jerusalén, ciudad de mi Dios, la que baja del cielo de parte de mi Dios.
Habría sido especialmente importante para los creyentes de Filadelfia el nombre
de la nueva Jerusalén, pues su propia ciudad había cambiado de nombre un par de
veces durante los años precedentes.
Alrededor del año 17 d.C., un terremoto arrasó con
la ciudad. Cuando el emperador romano proveyó los fondos para su
reconstrucción, la población cambió el nombre de la ciudad a Neo cesárea en
honor al César. Unos 55 años más tarde, el nombre fue cambiado otra vez a
Flavia. Se llamó tanto Filadelfia como Flavia por varios años.
A distinción de su ciudad, entonces, que cambiaba
de nombre a cada rato según el placer del César que estuviera en poder, Jesús
promete a los suyos un reino cuya identidad está garantizada por Dios mismo.
No solamente el nombre de la nueva ciudad - la
nueva Jerusalén - sino también el nombre de Dios mismo serían grabados sobre la
persona, la columna dentro del templo de Dios. Ahora bien, si no te gusta la
idea de que Dios te haga un tatuaje, no te preocupes. Obviamente Jesús nos está
dando a entender, bajo este símbolo, que seremos propiedad de Dios, ciudadanos
de la nueva Jerusalén, para siempre - como si su nombre estuviera labrado en
piedra sobre nosotros.
Cristo nos promete la entrada a un reino que jamás
se destruirá, un reino que será poderosamente establecido para siempre. Nos
promete que estaremos con él por la eternidad, felices en la presencia de su
Padre, disfrutando por siempre de un reino que se caracteriza por la justicia,
el gozo y la paz.
La invitación que Cristo nos hace es irresistible,
en el sentido de que es demasiado buena como para rechazarla. Sin embargo, no
es irresistible en el sentido de ser obligatorio. Más bien, tenemos que aceptar
su invitación.
Amigo mío, Jesucristo te ha abierto una puerta que
nadie puede cerrar - menos tú. Tú puedes tomar la decisión de no entrar en ese
reino de vida al cual él te invita. Puedes seguir en tu vida de pecador, y él
no te obligará a dejarla. Un día, sin
embargo, será muy tarde. ¿Por qué no aceptas hoy la oferta de Jesús? Él murió
en la cruz para salvarte de tus pecados. Sólo quiere que te arrepientas y lo
recibas por fe.
¿Qué
esperas? Ven ahora a Cristo, y acepta su perdón!!!